México cede terreno petrolero ante Venezuela

(DARIO CELIS. EL HERALDO DE MÉXICO)

MÉXICO CORRE EL riesgo de convertirse en un actor secundario dentro del mercado petrolero internacional, por una decisión política que privilegió la narrativa sobre la rentabilidad. Mientras el país reduce sistemáticamente sus exportaciones de crudo para alimentar un sistema de refinación deficiente y altamente deficitario, Venezuela avanza, con pragmatismo y apertura selectiva, en la recuperación de su producción y presencia en los mercados internacionales: el terreno que México abandona está siendo ocupado por su histórico competidor regional.

Hoy, ambos países producen volúmenes similares de crudo pesado, pero la diferencia está en el destino de ese petróleo. El país, ahora gobernado por Delcy Rodríguez, produce alrededor de un millón de barriles diarios y exporta aproximadamente 750 mil.

México, pese a extraer cerca de 1.3 millones de barriles por día, apenas exporta unos 540 mil, uno de los niveles más bajos de su historia reciente. La brecha se amplía no por falta de crudo, sino por una decisión deliberada de dejar de venderlo al exterior.

Al desviar el petróleo hacia la refinación, Pemex, que dirige Vìctor Rodriguez, no ha resuelto su problema financiero, sino que ha profundizado las pérdidas. Refinar en México hoy cuesta más de lo que se recupera en productos, al generar números rojos estructurales que se arrastran trimestre tras trimestre. 

Aun así, la política energética se mantiene intacta, sacrificando ingresos por exportación, flujo de divisas y presencia internacional.

Venezuela, en contraste, juega otra partida. Aun con un entorno institucional frágil y un marco regulatorio incierto, el país sudamericano tiene un activo que México no puede igualar: reservas. Frente a los siete mil 500 millones de barriles probados de México, Venezuela reporta más de 300 mil millones, cifra que los especialistas ajustan de forma conservadora a por lo menos 100 mil millones. Incluso, bajo ese escenario, se trata de reservas 13 veces superiores a las mexicanas, un factor decisivo para cualquier petrolera global que piense en proyectos de largo plazo.

Ahí es donde el capital internacional empieza a inclinar la balanza. Petroleras como Chevron, Repsol, Eni y TotalEnergies, que dirigen Mike Wirth, Josu Jon Imaz, Claudio Descalzi y Patrick Pouyanne, respectivamente; ya han reforzado o evaluado su presencia en Venezuela.

Chevron, en particular, ha incrementado su producción en asociación con PDVSA bajo licencias especiales, mientras traders internacionales y empresas asiáticas observan con interés el crudo pesado venezolano, el mismo nicho que México está dejando de atender. Cada contrato que se firma en Caracas es una oportunidad menos para Pemex.

Si México y Venezuela quisieran regresar a niveles cercanos a los 3.2 millones de barriles diarios que ambos producían hace algunos años, necesitarían inversiones de decenas de miles de millones de dólares y un horizonte de entre cinco y 10 años. La diferencia es que hoy Venezuela parece más dispuesta a permitir la entrada de ese capital que México, que cerró la puerta a asociaciones relevantes y envió señales de desconfianza al mercado energético global.

No es la primera vez que ocurre. México ya perdió interés de las grandes petroleras en el pasado reciente y, mientras tanto, esas mismas empresas reforzaron su apuesta en Venezuela. El riesgo ahora es que ese desplazamiento se vuelva permanente. En una industria donde los contratos, cadenas logísticas y relaciones comerciales se construyen a décadas, recuperar la participación no es tan simple como cambiar el discurso político.