(ROLANDO CORDERA CAMPOS. LA JORNADA)
Días antes de que el empresario voraz asumiera por segunda ocasión la presidencia de Estados Unidos, el 13 de enero de 2025 la presidenta Sheinbaum, acompañada por su gabinete así como por miembros del sector empresarial, dio a conocer el Plan México, “una visión del presente y del futuro sobre el desarrollo nacional, que está conformado de 13 metas cuyo objetivo es hacer de nuestra nación el mejor país del mundo disminuyendo la pobreza y la desigualdad y el cual contempla un portafolio de inversiones, nacionales y extranjeras, de 277 mil millones de dólares (mmdd)”.
“El objetivo –agregó–, es seguir haciendo de México el mejor país del mundo. Nuestro país es una potencia cultural y nuestro objetivo es disminuir pobreza, desigualdades, que cada uno de los mexicanos y mexicanas sepa que hay plan, que hay desarrollo, que frente a cualquier incertidumbre que venga en el futuro próximo, México tiene un plan y está unido (…).” https://www.gob.mx /presidencia/prensa/presidenta-claudia -sheinbaum-presenta-el-plan-mexico- que-contempla-un-portafolio-de-inver siones-de-277-mmdd)
A un año de distancia de ese anuncio, no es mucho lo que, en consideración a los hechos, puede destacarse. De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, que publica oportunamente el Inegi, se ratifican las dificultades que, hace ya tiempo, tiene la creación de empleos buenos, bien pagados: en diciembre (2025), el porcentaje de la población con trabajo fue de 59.1 por ciento y la informalidad laboral de 54.6 por ciento, señala la encuesta.
Ítem más: en los servicios se registró el mayor número de mexicanos trabajando (26.6 millones), lo que representa un 44.1 por ciento; le siguen el comercio (20.5 por ciento); la industria manufacturera (15.7 por ciento); las actividades agrícolas (10.6 por ciento); y la construcción (7.8 por ciento).
Y sigue la catarata informática: si se comparan los recientes porcentajes con los del diciembre de 2024, los sectores con mayor crecimiento han sido el comercio, las actividades agrícolas y los servicios, en contraste con los descensos en la industria manufacturera (238 mil). (Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 26 enero, 2026).
Si convenimos en que los deplorables números en torno al empleo son un claro reflejo de nuestro no crecimiento, mal haremos en seguir conformándonos (o resignándonos) con que el PIB crezca .8 por ciento –cifras desestacionalizadas– como se informó el viernes. ( El Economista, “Economía de México creció 0.8% en el cuarto trimestre”, 30/1/26).
Más bien, tendríamos que empezar por asumir en todo lo que implica la falta de crecimiento y buscar atender, entender, sus causas básicas. Entre éstas tenemos que resaltar la falta de inversión –pública y privada– para poder transformar nuestra estructura productiva y sus dinámicas. También, tendríamos que reconocer que es inaceptable que una economía del tamaño y las posibilidades como la mexicana siga “descansando” en la precariedad laboral y no en la creación de los empleos dignos que su demografía reclama.
No se trata de mal invertir y, mucho menos, de satisfacer caprichos, mal planeados y peor ejecutados del ejecutivo en turno, sino de contar con diagnósticos integrales deliberados y bien escritos. De estos reconocimientos liminares tendríamos que pasar a realizar ejercicios de planeación que se hagan cargo de los múltiples rezagos laborales, sociales, educativos, regionales, productivos y medioambientales que hoy nos marcan.
En suma, y en consonancia con lo externado por el gobierno y su Plan México, se trataría de desplegar un explícito reordenamiento de prioridades y enfoques, para arribar a una renovada visión del desarrollo. Tal reformulación del quehacer público debería llevar a su vez a poner en el centro del debate, como punto obligado de arranque, a la política hacendaria con su trípode de herramientas maestras: recaudación, gasto y financiamiento públicos –en pos de una justa y mejor distribución del ingreso–.
Se buscaría dotar al Estado del instrumental mínimo necesario para poner en movimiento al conjunto del aparato económico desde una política hacendaria comprometida con una ambiciosa estrategia financiera progresiva y redistributiva. Con empleo digno y fisco sano podrían fincarse unas estrategias en efecto redistributivas y coherentes con el objetivo primordial, pero siempre relegado, de dotarnos con un Estado social digno de tal nombre, un Estado desarrollista con un rumbo histórico claro y preciso en pro de la protección generalizada de los mexicanos y, más precisamente, de un Estado de bienestar cada día más dispuesto a hacerse cargo de sus misiones históricas constitucionales.
Si lo que se quiere, como dijo la titular del Ejecutivo en enero de 2025 durante la presentación del plan, es tener una visión de largo plazo para nuestro país, se deben evitar miradas complacientes o diagnósticos sesgados que, sin excepción y de manera costosa, tienen consecuencias.

