Ahora el clima es un frente de guerra cultural

(PAUL KRUGMAN. EL PAÍS)

Entender el negacionismo climático solía parecer fácil: todo era cuestión de codicia. Si uno escarbaba en los antecedentes de un investigador que contradecía el consenso científico, o de un grupo de expertos que intentaba bloquear las medidas contra el cambio climático, o de un político que declaraba que lo del calentamiento global es una patraña, casi siempre descubría un importante respaldo financiero de la industria de los combustibles fósiles. Eran tiempos más sencillos e inocentes, y los echo de menos.

Es cierto que la codicia sigue siendo un elemento importante del antiecologismo. Pero el negacionismo climático también se ha convertido en un frente de la guerra cultural, con los derechistas rechazando la ciencia en parte porque les disgusta la ciencia en general y oponiéndose a las medidas contra las emisiones por oposición visceral a cualquier cosa que los liberales apoyen. Y esta dimensión cultural de los argumentos sobre el clima ha surgido en el peor momento posible, un momento en el que tanto el peligro extremo de las emisiones incontroladas como el camino para reducirlas están más claros que nunca.

Un poco de historia: los científicos que hace décadas empezaron a advertir de que el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre tendría repercusiones peligrosas para el clima se han visto ampliamente legitimados. Julio ha sido en todo el mundo el mes más caluroso jamás registrado, con olas de calor devastadoras en muchas partes del planeta. Los fenómenos meteorológicos extremos proliferan. Al mismo tiempo, los avances tecnológicos en el campo de las energías renovables han permitido concebir importantes reducciones de las emisiones con un coste escaso o nulo en lo que se refiere a crecimiento económico y nivel de vida.

En 2009, cuando los demócratas intentaron tomar medidas significativas contra el cambio climático, pero fracasaron en el intento, sus propuestas políticas consistían principalmente en palos: topes a las emisiones en forma de permisos que las empresas podían comprar y vender. En 2022, cuando el Gobierno de Biden consiguió por fin aprobar un importante proyecto de ley sobre el clima, este consistía casi exclusivamente en zanahorias: desgravaciones fiscales y subvenciones a la energía verde. Sin embargo, gracias a la revolución de la tecnología de las renovables, los expertos en energía creen que este planteamiento de “sin esfuerzo, no hay fruto” obtendrá resultados importantes a la hora de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Pero no si los republicanos pueden evitarlo. La Fundación Heritage encabeza una iniciativa llamada Proyecto 2025 que probablemente definirá el orden del día si un republicano llega a la Casa Blanca el año que viene. Como informa The New York Times, insta a “desmantelar casi todos los programas de energía limpia del gobierno federal y a impulsar la producción de combustibles fósiles.” ¿Qué hay detrás de este esfuerzo destructivo? El Proyecto 2025 parece haber sido ideado en buena medida por los sospechosos de rigor: grupos de expertos como el Instituto Heartland y el Instituto de Empresas Competitivas impulsados por combustibles fósiles, que llevan muchos años luchando contra la ciencia y las medidas para combatir el cambio climático.

Pero la fuerza política de esta campaña tiene bastante que ver con la forma en que la ciencia en general y la climatología en particular se han convertido en un frente de la guerra cultural. Respecto a las actitudes hacia la ciencia: a mediados de la década de dos mil, republicanos y demócratas tenían niveles similares de confianza en la comunidad científica. Desde entonces, la confianza de los republicanos ha caído en picado, mientras que la de los demócratas se ha reforzado; ahora hay una diferencia de 30 puntos entre ambos partidos.

Vimos el efecto de esta tendencia contraria a la ciencia cuando las vacunas contra la covid-19 estuvieron disponibles: la vacunación era gratuita, por lo que no suponía ningún coste económico para los individuos, pero la impresión general era que lo de vacunarse era algo que los “expertos” y las élites liberales querían que hiciéramos. En consecuencia, un número desproporcionado de republicanos se negaron a ponerse la vacuna y sufrieron tasas considerablemente más altas de muertes que los demócratas.

¿Alguien duda seriamente de que son actitudes como estas las que impulsan a las bases republicanas a oponerse a la acción contra el cambio climático? Mi colega David Brooks razonaba que muchos republicanos cuestionan la realidad del cambio climático y presionan a favor de los combustibles fósiles como forma de “ofender a las élites”. Y está en lo cierto. Fíjense en la reacción tan histérica que han producido las posibles normativas sobre las cocinas de gas; aunque no cabe duda de que los intereses especiales estaban, por así decirlo, “avivando el fuego”, también había un fuerte elemento de guerra cultural: las élites quieren que te compres una placa de inducción, pero los hombres de verdad cocinan con gas.

El hecho de que ahora la guerra climática forme parte de la guerra cultural me preocupa, y mucho. Los intereses especiales son capaces de hacer mucho daño, pero pueden comprarse o contrarrestarse con otros intereses especiales. De hecho, una parte importante de la estrategia climática del presidente Joe Biden es la idea de que las inversiones en energías renovables, que se han disparado desde la aprobación de su legislación, darán a muchas empresas y comunidades un aliciente para continuar la transición verde. Pero estas consideraciones racionales, aunque interesadas, no servirán de mucho a la hora de persuadir a quienes creen que la energía verde es una conspiración contra el modo de vida estadounidense. Así pues, la guerra cultural se ha convertido en un grave problema para la lucha contra el cambio climático, un problema que, en estos momentos, es realmente lo que menos nos hace falta.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2023. Traducción de News Clips.