(KIM DURAND. EXCÉLSIOR)
México enfrenta una encrucijada histórica. La llegada de una científica especializada en cambio climático a la Presidencia abre la posibilidad de que la agenda ambiental por fin reciba la atención que merece. Sin embargo, la realidad es contundente: el país ocupa el lugar 97 en el Índice de Desempeño Ambiental (EPI) y el puesto 39 en el Índice de Desempeño de Cambio Climático (CCPI), quedando por detrás de países como Colombia, Chile y Ecuador. A pesar de su riqueza natural y capacidad innovadora, México sigue rezagado en la carrera por un futuro sostenible.
México tiene todo para liderar el emprendimiento sostenible en América Latina, pero enfrenta serios obstáculos: falta de incentivos, carencia de sistemas de monitoreo y medición, regulación insuficiente y una cultura empresarial enfocada en el corto plazo. Mientras en países de Asia y Europa se impulsan políticas públicas y fiscales para premiar la sostenibilidad, en México estas acciones son la excepción.
Muchas empresas ven el costo inicial de adoptar buenas prácticas ambientales como una barrera, especialmente sin incentivos ni retornos inmediatos. Además, la falta de normas y la resistencia al cambio en el sector privado frenan la transición hacia modelos de negocio más sostenibles.
Un ejemplo claro es la industria alimentaria, responsable de 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el país. Soluciones como la producción vegana, el uso de proteínas de insectos, la redistribución de excedentes y la optimización de la cadena de suministro podrían reducir emisiones y desperdicios rápidamente, sin grandes inversiones en infraestructura. Sin embargo, la ausencia de conciencia y políticas públicas ha limitado su desarrollo a gran escala, sumado a la escasa voluntad de cambio sin una normativa que obligue y una cultura empresarial muy tradicional y poco abierta a la innovación y la colaboración con startups.
VISIÓN A LARGO PLAZO: MEDIR PARA TRANSFORMAR
No se puede gestionar lo que no se mide. México carece de métricas claras y constantes para evaluar el desperdicio alimentario y otros indicadores ambientales clave. Países como Japón y Corea del Sur han demostrado que medir con precisión permite alcanzar objetivos ambiciosos, mientras que Reino Unido ha implementado herramientas eficaces para reducir el desperdicio. Estos casos podrían servir de referencia para diseñar un marco de acción sólido y medible.
En lo regulatorio, la falta de políticas públicas efectivas impide que la sostenibilidad se convierta en un estándar empresarial. Más allá de sancionar, se necesitan incentivos que hagan de la innovación una necesidad, no una opción. Un marco normativo con visión a futuro no sólo protege el medio ambiente, sino que impulsa el crecimiento económico.
El gobierno puede y debe dictar políticas que promuevan la sostenibilidad empresarial, pero el verdadero cambio dependerá del mercado. Si los consumidores priorizan productos y servicios sostenibles, las empresas estarán obligadas a adaptarse. La concientización es clave para modificar hábitos y transformar industrias. Lamentablemente, el tema aún no ocupa todavía un lugar prioritario en la agenda empresarial, pública ni en la conciencia colectiva.
El gobierno mexicano busca posicionar al país entre las diez economías más grandes del mundo para 2030. Más crecimiento económico implica mayor demanda de alimentos, más desperdicio y un impacto ambiental severo. México tiene la oportunidad de convertirse en un referente, pero sólo si incorpora y visibiliza la sostenibilidad como eje de su modelo económico, con incentivos claros y una visión de largo plazo.
Plantear objetivos ambiciosos en materia de sostenibilidad no basta; es imprescindible definir una hoja de ruta clara para alcanzarlos. Si no atendemos hoy los problemas ambientales y alimentarios, su impacto crecerá exponencialmente en las próximas décadas con la expansión económica y demográfica, afectando la competitividad y el bienestar del país. No hay margen para postergar decisiones. El momento de actuar es ahora.
